Tarareando el clásico de El Reno Renardo Crecí en los Ochenta me dispongo a ver la enésima cinta reivindicativa de una época y un espacio que cada vez genera más nostalgia, la última década sin Internet global, en el que comenzaban a imponerse los móviles (aunque solo los usasen yuppies tipo Gordon Gekko), donde una pieza musical sin sintetizadores era como una peli de Tarzán sin animal print, las bicicletas tenían sillines absurdamente grandes y el deshielo de la Guerra Fría generó una explosión de creatividad y exploración que, por extremista, se pasó de frenada en más de una ocasión.

Algunos elementos son tan comunes en este tipo de cine/máquina del tiempo, que si no aparecieran en pantalla los extrañaríamos: las animadoras del instituto, la casa en el árbol, las referencias a conspiraciones alienígenas, los barrios residenciales de garaje, jardín y dos plantas, los repartidores de periódicos, los walkie talkies…Todo esto (y mucho más) lo plasman de forma redundante en Verano del 84 (Summer of 84, 2018) su triunvirato directivo Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell, que ya contaban en su bagaje con otra cinta deudora de los 80 como fue Turbo Kid (2015).

En un lugar interior y tranquilo de Norteamérica viven su verano adolescente cuatro amigos a los que les unen las ganas de pasarlo bien y la revolución hormonal. La obsesión de uno de ellos por vivir una verdadera aventura en medio del tedioso y largo periodo estival (ya veréis como lo extrañáis cuando lleguéis a la treintena)  les lleva a involucrarse en la investigación de una serie de crímenes que al parecer han sido perpetrados por un único asesino en serie que podría ser cualquiera de sus conciudadanos. Las sospechas del joven protagonista de que su propio vecino está llevando a cabo esta matanza les conducirá de la inocente investigación, al trágico devenir de unos hechos que son incapaces de controlar.

Una lástima que el guion haga aguas por todas partes: comienza como una comedia sin gracia, avanza como un thriller sin garra, y termina como una película de terror sin miedo. Irregular, y por momentos incluso desesperante, con un ritmo que en algunos momentos te hace desear tener un mando a distancia en el cine para llegar cuanto antes al final. El elenco actoral no tiene la complicidad de otros grupos de amigos cinematográficos (de cuatro en concreto, siempre cuatro amigos, ya es hora de que pongamos en valor la contribución que hizo Rob Reiner en Cuenta Conmigo (Stand by me, 1986) a este tipo de cine) y la constante ambientación forzada chirría cuando la cosa se pone seria.

A su favor juega la demanda de argumentos Nocilla, y una trama que, aunque mal narrada, ofrece elementos suficientes como para que necesites saber hacia dónde se dirige el destino de sus protagonistas. Una cinta olvidable y repetitiva, o como dirían en la época que tratan de reivindicar: una ful de Estambul.

Lo mejor: Un final ciertamente sorprendente, y ese regusto nostálgico de una década de la que solo nos quedamos con lo bueno.

Lo peor: Sin alma, con un guion que se cae a pedazos, y un reparto actoral que palidece en cualquier comparación.

Por Javier Martín Corral
@Jatovader