No cabe duda de que Paco Plaza, gafapasta con cara de buen tipo, es una figura relevante dentro del cine de terror patrio. Más allá de nuestras fronteras y en ciertos círculos seguidores del género, también están familiarizados con su nombre, pues la saga REC, que dirigió junto a Jaume Balagueró, acongojó al personal en varios idiomas alrededor del mundo, destacando una primera entrega muy superior al resto. Aquel triunfo incluso provocó la aparición de un remake made in USA bastante infame llamado Cuarentena (Quarentine, 2008) dirigido por John Erick Dowdle y en el que lo único que se salvaba era su protagonista, la hiperexpresiva Jennifer “Emily Rose” Carpenter, una Screem Queen contemporánea de lo más efectiva. Pero antes de todo este revuelo, películas mediocres como El segundo nombre (2002), OT: la película (2002) o Romasanta, la caza de la bestia (2004), demostraban que Plaza era un cineasta con buenas ideas pero con mucho que mejorar.

Ahora, el director español estrena en la cartelera veraniega Verónica (2017), cinta sobre ouijas mal acabadas en la que homenajea las colecciones por fascículos cuyo eslogan “Anunciado en televisión” le daba al producto un salto de calidad, a mucho cine sobre la temática (13 fantasmas, El exorcista, Ouija: El origen del mal, I am Zozo…) y, sobre todo, al espíritu y la esencia noventeros del Madrid de principios de aquella década a través de los ojos de una adolescente que debe responsabilizarse de gran parte de las tareas diarias de la casa familiar. Todo muy español y reconocible, incluido el terror.

Verónica tiene momentos muy lúcidos, de eso no hay duda. Plaza rueda con una inusitada elegancia la mayoría de las secuencias del film, fusionando de manera creíble los tramos que reflejan el costumbrismo urbano de la familia protagonista (quizá la gran virtud de la cinta) con aquellos momentos más creepys, escenas en las que Verónica (Sandra Escacena) sufre el contacto con el más allá en sus propias carnes, literalmente. La película avanza con cierta seguridad acompañada con irresistible encanto por las canciones de Héroes del silencio (hay que recordar que el director realizó Bunbury 3D, un documental sobre el mítico grupo) y la partitura de Chucky Namanera, que, por un lado está claramente inspirado por la música de Disasterpeace en It Follows (2014), y por otro, cuando éste cambia los sintetizadores por instrumentos clásicos, tiene como referencia al Bernard Herrmann de Ultimatum a la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951). De manera inteligente, esta ruptura en la dinámica musical obedece a los propios cambios que se dan en la película: los tramos que navegan más en lo social y humano, donde Plaza apunta directamente a la pérdida de la inocencia y la complejidad de la adolescencia por una parte (¡qué buen trabajo de los jóvenes actores!), y aquellos en los que la narrativa es puramente de género, por otra. Es aquí, quizá, donde el largometraje no acaba de funcionar.

Verónica es una declaración de amor al cine de terror, esa es una clara evidencia y una de las razones que harán que el film de Paco Plaza tenga adeptos de manera automática, pero es necesario mirarse el ombligo y tratar de ser objetivos a la hora de juzgar con la mayor exactitud la relevancia real de la película. En manos de este director algo irregular, el caso real en que se basa parece más un divertimento adrenalítico para fans del género que una recreación de lo sucedido en aquel piso de la capital española. En ocasiones, su ruidosa escenificación, alguna situación un tanto rocambolesca y la aparición de una criatura de discutible caracterización, forman un pequeño listado de deficiencias que minimizan su impacto como film destinado a provocar miedo. Su ímpetu homenajeador funciona más como “remember” generacional que como producto horrorizante, pues logra con mucho mejor resultado apelar a la melancolía recordando décadas pasadas. Lo del sobresalto es ya otro tema, pues Verónica no hace mucho más que una recopilación de los clichés más trasnochados del cine de espíritus insidiosos.

Lo mejor: su cuidada (y nostálgica) ambientación y la BSO de Chucky Namanera.

Lo peor: hay demasiado homenaje en sus tramos de terror puro, por lo que no existe la virtud de innovar.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum