¿Recuerdan la fábula de la lechera? Sí, aquella de la mujer con el cántaro de leche y los miles de sueños que se esfuman al estrellar el recipiente contra el suelo… si hubiera que elegir un contexto idóneo para situar esta historia de sueños truncados, ¿cuál dirían que es? No parece ninguna desfachatez pensar en un contexto bélico, por aquello de imaginar un futuro incierto que depende por completo de un presente poco esperanzador. Esa situación beligerante es en este caso la Guerra de los Balcanes, pero que no cunda el pánico, ya que a través de la lente de Emir Kusturica toda tragedia no parece más que un disparate con trampa y cartón. Hablamos de la última película de uno de los hijos pródigos del Festival Internacional de Cannes. Esta lleva por título En la Vía Láctea (On the Milky Road, 2016), y en ella la lechera no es “la” sino “el” –interpretado por el propio Kusturica-, y su sueño no es otro que la imponente Monica Bellucci.

Sobre una base argumental lineal y de una sencillez impropia del cine del realizador yugoslavo, reposa uno de sus trabajos más descontrolados, barrocos y exagerados, llegando a ser incluso cargante en algunos momentos, todo sea dicho. La sutileza del surrealismo felliniano con el que Kusturica suele enrarecer la atmósfera de sus films pierde fuerza frente a un realismo mágico más evidente, fantástico y rocambolesco, que podría ser el resultado de meter en una coctelera una cucharada de La espuma de los días (L’ecume des jours, 2013), un chupito del cine más gamberro de Javier Fesser (El milagro de P. Tinto (1998)) y una pizca de la mirada de Jean-Pierre Jeunet (Amelie (2001))… todo bien mezclado.

En lo que sí despunta En la Vía Láctea con respecto a estos semejantes –y es en lo que su creador nunca ha dejado de maravillar al mundo del séptimo arte- es en la crudeza del telón de fondo sobre el que transcurre esta onírica y rural comedia romántica: la Guerra de los Balcanes; y es que conseguir generar situaciones disparatadas, desternillantes e incluso bonitas, en circunstancias de lo más trágicas está al alcance de muy pocos. En su último trabajo, de hecho, las imágenes más sugerentes y embriagadoras no solo no están exentas de crudeza sino que es esta condición la que las hace tan únicas, y sin embargo, paradójicamente, son tan delirantes que el cerebro no baraja la posibilidad de sentirse ofendido o de dejar de alabar lo que está viendo.

Es esta constante paradoja a lo largo de su filmografía la metáfora perfecta del mensaje antibelicista que trata de hacernos llegar a través de su cine: la guerra es tan absurda como las situaciones que él consigue crear… ¡o más! Será por eso que en su paso por diferentes ediciones del Festival de Cannes se ha alzado con dos Palmas de Oro (Papá está en viaje de negocios (1985) y Underground (1995)) y un Premio al Mejor Director (El tiempo de los gitanos (1989)). Lo que está claro es que aunque este lechero pueda romper de vez en cuando algún cántaro –al igual que puede realizar alguna película no del todo redonda-, se ha ganado con creces el derecho a soñar todo lo que quiera.

Lo mejor: el fantástico mundo que consigue crear Kusturica a pesar del desalentador contexto en el que se desarrolla la acción.

Lo peor: lo histriónico que en ocasiones resulta este mundo.

Por Martín Escolar-Sanz