El prólogo de Viudas (Widows, 2018) expone dos mundos diferentes: por un lado, (algo similar a) un plano secuencia muestra una persecución en coche colocando la cámara dentro de un furgón que, frenético y caótico, huye de la policía; por otro, distintas escenas presentan a las protagonistas de la última cinta de Steve McQueen, mujeres que comparten intimidad, rutinas y sinsabores del día a día con sus maridos. La continuidad de la secuencia criminal es interrumpida reiteradamente por estos episodios de la vida matrimonial, dando lugar a un choque de realidades que engarza de manera formal con el relato: mientras el ritmo nervioso y confuso de la situación impide distinguir los rostros de los perseguidos, estos son fácilmente reconocibles al lado de sus esposas incluso aunque sea el punto de vista de ellas el elegido para contar sus historias.

Pero no hay una separación sexista de la narración. McQueen construye un contexto en el que situar a estas esposas fuera del hogar, y lo hace insertando los flashbacks sobre ese plano inicial de larga duración. Protagonismo femenino, empoderamiento de la mujer, desengaños amorosos e incluso mujeres limitadas al estereotipo de “esposa de” son algunos de los aspectos que podrían circunscribir la cinta a un cine (des)calificado como ‘de mujeres’, cuando la operación resulta más compleja y, por suerte, eficaz.

Gillian Flynn adapta el guion de Lynda La Plante para la serie homónima de 1983 demostrando sus dotes para el género, como ya hiciera con Perdida (2012) o Heridas Abiertas (2006), novelas que conjugaban el thriller y el melodrama con toques de suspense y tensión desde el paulatino descubrimiento de la psique de sus personajes, algo que también está presente en Viudas. Ya desde las primeras secuencias quedan al descubierto las cicatrices que porta cada una de ellas, señas de unas identidades que no solo se van haciendo visibles para el espectador sino también para sí mismas. En este juego de confrontaciones un elemento visual se repite varias veces a lo largo de la cinta: el reflejo en los espejos o en los cristales (sobre todo con los personajes interpretados por Viola Davis y Elizabeth Debicki), dejando los rostros de estas mujeres algo desdibujados y desenfocados, aún encerradas en una realidad que no terminan de identificar como propia.

Si en 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013) McQueen asfixiaba la narración en primeros planos y limitaba los encuadres al espacio más próximo a su protagonista huyendo de las panorámicas y consiguiendo, así, individualizar un relato que, en definitiva, era historia compartida, ahora vuelve al rostro concreto, esta vez dando algo más de contexto a la historia. Así, una subtrama política de corrupciones (donde The Wire se convierte en un todo referente) y un subtexto racial y de clase añaden complejidad al atípico duelo de estas mujeres, donde el crimen nunca sale de escena. La importancia de los espacios queda patente en la forma de filmarlos: desde los planos secuencia que dan cuenta del fondo de injusticia y violencia en el que se ambienta la trama (destacan la escena de la cancha de baloncesto, circular y envolvente, y el viaje en coche del concejal hasta su casa, ilustración de desigualdades sociales) a la propia localización de alguno de los lugares que sirven para ilustrar incoherencias  y sinsentidos (la iglesia convertida en centro de campaña electoral o la sauna como lugar de conspiraciones).

Si bien el precedente de Viudas está en la televisión británica, McQueen y Flynn componen una particular visión del ‘This is America’ analizando un contexto social presente y lo hacen, al igual que su predecesora, con una perspectiva de género, que se sirve de las ideas preconcebidas que aún hoy dan por hecho ciertas conductas (“nadie espera eso de nosotras”) como principal herramienta para conseguir un fin. En definitiva, un alegato sutil (y visible) sobre la capacidad de las mujeres para transitar caminos que a menudo se le presuponen ajenos.

Lo mejor: El team McQueen-Flynn, los planos secuencia, el tramo final…

Lo peor: Que corra el riesgo de ser valorada desde la óptica feminista y pasen desapercibidas sus virtudes visuales.

Por Cristina Aparicio
@Crisstiapa