Continuamos reseñando las películas que Filmin tiene en su catálogo del Atlàntida Film Fest. Youtubers nazis, terroristas corsos o luchadores por la libertad sexual, entre otros, son protagonistas de algunas de nuestras elegidas.

Colo, de Teresa Villaverde (Portugal, 2017)

Colo empieza bien: con movimientos de cámara acertados, sugerentes elipsis, destellos de un guion interesante, pinceladas de un concepto estético atrayente… Y termina con una siesta de la protagonista y, posiblemente, del espectador. Su ritmo lentísimo, deudor de una inexplicable y sistemática excesiva duración de los planos, acaba por ahogar el interesante relato en torno a una sociedad que deambula como entre rota y drogada por el extraño momento histórico de que somos testigos. Tal vez ese aturdimiento sea lo que trata de expresar Teresa Villaverde a través de la parsimonia narrativa. Si es así, la lusa consigue lo que se propone: una cinta pesadísima en torno al tedio existencial. Por Rubén de la Prida

A Violent Life, de Thierry de Peretti (Francia, 2017)

Como en mitad de la nada y de todo, la isla de Córcega acoge algunas de las encrucijadas de esta Europa muchas veces convulsa. Allí conviven terroristas corsos y la mafia local, grupúsculos violentos pero con objetivos, en apariencia, muy diferentes. Como era de esperar ambas partes se obstaculizan la una a la otra, por lo que las rencillas están aseguradas. Sin embargo, el tremendo mérito de una película humilde pero inteligente como A Violent Life, no es desgranar los orígenes de estos enfrentamientos, sino las raíces de un idealismo mal entendido en aquellos que se acercan a la causa corsa. El director Thierry de Peretti muestra una firmeza determinante en la que supone su segunda película tras Les Apaches (2013) y jamás pierde el norte en su descripción del miedo por dentro y por fuera cuando las causas identitarias por las que luchar pierden un sentido que, quizá, nunca llegaron a tener. Por Javier G. Godoy

Daliborek, el youtuber nazi, de Vit Klusak (Svet podle Daliborka, República Checa, 2017)

Documental que muestra la cotidianeidad de un casi cuarentón que vive con su madre en un bloque de viviendas, más allá de donde acaban las ciudades, y que se muestra obsesionado por toda la cultura nazi. Negacionista, racista, torpe, gañán, compositor de música fascista y otras muchas lindezas, es el reflejo del sentimiento ultranacionalista que se expande desde Europa del Este. Tratado en clave de comedia, con momentos tensos y trágicos, su director se ha preocupado por realizar un montaje ágil, apoyado en una brillante fotografía. Alterna momentos apoteósicos (el falso asalto a la pareja de gitanos o la discusión sobre la veracidad del Holocausto con una superviviente), con otros en los que quizá se recrea demasiado en el patetismo del protagonista. Por Javier Martín Corral

La cara oculta del Mundial, de Adam Sobel (The Workers Cup, 2017)

La ópera prima de Sobel narra la situación actual de los campos de trabajo de Catar, donde trabajadores migrantes han sido contratados para las obras de construcción de la Copa Mundial de Fútbol de 2022. En pleno año de Mundial en Rusia, donde todo parece ser deporte, espectáculo y alegría veraniega, el documental es un golpe encima de la mesa, contundente en su mensaje y sutil en su aproximación observacional. A través de un torneo de fútbol organizado para los propios trabajadores y muy bien encajado en la película, se revela la voluntad de tapar las infinitas vulneraciones de derechos humanos, así como los sueños rotos de numerosos obreros que cobran una miseria y están atrapados en el país sin poder ver a sus familias. En su conjunto, quizás hubiera funcionado una aproximación menos academicista en las entrevistas, partiendo de una no-personalización del conflicto en figuras concretas y complementando así la disolución de los trabajadores en un entorno aún más impersonal a partir de una puesta en escena más radical. Por Martí Soler Arce

Sotobosque, de David Gutiérrez Camps (Sotabosc, España, 2017)

Ficción (que bien podría pasar por documental) acerca de las dificultades de un inmigrante africano para acceder a un trabajo estable, y como desarrolla su vida y su labor en tareas más propias de otros siglos. Musa se subirá a los pinos más altos del Pirineo solo ayudado de sus manos, y gracias a una pertiga recolectar todas las piñas que pueda, o echará una tarde recogiendo 200 brazadas de brezo. Narrada con un ritmo lento y en ocasiones contemplativo, el filme tiene un raro efecto hipnótico que te atrae por su simplicidad, y al mismo tiempo su atinada denuncia sobre la situación laboral de los inmigrantes en Europa. Por Javier Martín Corral

Europa, de Miguel Ángel Pérez Blanco (España, 2017)

La propuesta de Miguel Ángel Pérez Blanco es atrevida. El joven realizador entrega en Europa una hora de imágenes desnudas que, más que relatar una historia, crean atmósferas en torno al vacío existencial, el individualismo descarnado, la desorientación vital, la búsqueda de identidad. Cine abstracto altamente concentrado, deudor inconfundible de Terrence Malick, aunque con un carácter muy propio que deja entrever un enorme potencial. De continuo da la impresión de que Blanco sabe perfectamente lo que quiere, aunque el espectador solo acierte a barruntarlo. Queda por ver si Europa fue la genialidad primigenia de un grande del cine, o la tomadura de pelo de un embaucador cósmico. El tiempo lo dirá. Por Rubén de la Prida

Porno e libertá, de Carmine Amoroso (Italia, 2016)

Carmine Amoroso elabora con Porno e libertá un documental que, tomando como punto de partida esa estructura pobre, deprimente y por desgracia habitual que consiste en amenizar las cosas y hacerlas muy rosas para así poder llegar a ese círculo de gente que, pues en fin, busca entretenerse a toda costa, centra su mirada en la evolución que ha seguido la pornografía en Italia a partir de los años 60 en un arco que va desde la simple fotografía del desnudo erótico que despertó los sentidos de todo cristo hasta un porno carente de toda gracia bien sea por el exceso de etiqueta que no deja hueco alguno a lo inclasificable o bien por la pura decadencia que representan los participantes (como se manifiesta en el ejemplo de Paris Hilton), deteniéndose por el camino en obras dramáticas que, por uno u otro motivo, rompieron desde el desnudo y el sexo algún molde en su época, como pueden ser el caso de El último tango en París o de la icónica Carne (Paul Morrissey). Un desenvolverse de la pornografía que es expuesto (en una especie de paralelismo un poco raro, simple y llano entre el desarrollo de la pornografía y el de la revolución sexual) en todo momento como un levantamiento que, en su oponerse a los puritanismos de la Iglesia y del Comunismo y demás gente de piel muy fina, tiene sus grandes giros en ese oponerse a grandes momentos de censura hasta derivar en una especie de monotema que vuelve omnipresente a la divina Cicciolina, encumbrándola como adalid de la guerra contra las convenciones y las mentes chatas . Un divagar apoyado en el exceso de imagen y ruido que termina por resaltar el contraste entre la visión esencialmente mediterránea que entiende el sexo como fuego y como algo que termina por superar al mismo cuerpo, por un lado; y la frialdad y el pesimismo que el ansia de espectáculo de nuestro siglo han impuesto sobre esa “mística” del sexo mediante el concepto y la etiqueta que castran la potencia y el consiguiente gusto de lo desconocido, por el otro. Por Pablo Castellano

Meteors, de Gürcan Keltek (Meteorlar, Turquía, 2017)

El primero de los seis capítulos en que se divide Meteors anticipa que se trata de una obra áspera. Su aridez formal no invita a la emoción, quizá como pretendida distancia ante el horror de los hechos que relata. No obstante, la cinta -en riguroso blanco y negro- está traspasada de una singular poética con aroma a Béla Tarr. El documental resulta inolvidable en su tramo central, en el que unos niños juegan entre los escombros de la ciudad bombardeada, y refieren con total naturalidad los desastres de la guerra. También su parte final, que justifica el título del film, resulta memorable: atestigua, en las antípodas de toda sensiblería, que el asombro ante la belleza inesperada es capaz de doblegar el corazón humano. Por Rubén de la Prida

Las chicas de Amanecer Dorado, de Håvard Bustnes (Golden Dawn Girls, Noruega, 2017)

A pesar de los esfuerzos del realizador por relatar el día a día de tres mujeres de generaciones diferentes dentro del entramado de Amanecer Dorado, el film pone los límites con su propio formato. Más cerca del modus operandi de Equipo de investigación que del documental riguroso y constructivo (y menos convencional), Las chicas de Amanecer Dorado pretende hacer denuncia de un cinismo político y social ya conocido, el de un partido de filosofía neonazi que delante de las cámaras tiende a negar toda relación con las ideas nacionalsocialistas. Aunque algunos pasajes del trabajo de Bustnes resultan de lo más interesantes (las conversaciones con la hija del encarcelado líder Nikolaos Michaloliakos son bastante reveladoras), el conjunto da la sensación de haber desaprovechado una buena oportunidad para alejarse de los tópicos analizando desde prismas diferentes la proliferación de seguidores del partido además de las verdaderas razones por las que estas mujeres pasaron a ser su cabeza visible. Por Javier G. Godoy

Desaparecer, de Josecho de Linares (España, 2018)

La primera película de Josecho de Linares, director e intérprete protagonista de este retrato a cuatro bandas, habla sobre una generación perdida en un presente excluyente, desconectada de un pasado que sienten ajeno y con perspectivas de futuro inciertas. A partir de un trabajo de cámara muy libre y un montaje juguetón que traza muy bien las historias de todos sus personajes principales, el autor consigue una aproximación estética interesantísima a un universo generacional que parece consumirse a ritmo frenético, al estar estancado siempre en un mismo momento vital. Especialmente descompensado se siente el personaje de Emma, la chica extranjera que intenta ganarse la vida como saxofonista, y que bien podría haber cerrado un cuadrado perfecto a nivel narrativo y también espiritual. Muy conseguidos se sienten los fragmentos de archivo autobiográfico de Zurdo, que acaban resultando en un toque metacinematográfico bastante potente (pese a la decisión anti- estética de mostrar la pantalla de edición de forma tan trasparente), y que harían de Desaparecer una obra redonda sino fuera por cierta falta de intensidad en varios momentos del metraje. Por Martí Soler Arce