Cuatro películas dan por finalizado nuestro recorrido por el Atlàntida Film Fest que, también hoy, cierra sus puertas en la plataforma de vídeo bajo demanda Filmin. Para variar, la calidad de los trabajos elegidos este año ha vuelto a ser el común denominador del certamen, por lo que ya estamos esperando la edición del próximo año. A continuación, os damos los detalles de nuestra elegidas para dar carpetazo al affaire Redrum-Atlàntida.

Sarah Plays a Werewolf, de Katharina Wyss (Sarah joue un loup garou, Suiza, 2017)

Poderoso debut en la dirección de Katharina Wyss que, con Sarah Plays a Werewolf, se sumerge en el complejo universo de una adolescente que sufre abusos sexuales por parte de su padre. La actriz Loane Balthasar, sorprendente, lleva todo el peso de un film aparentemente abstracto que utiliza el teatro como metafórica vía de escape de la protagonista. En realidad, ese paso por las artes escénicas es un grito de socorro desesperado al que nadie parece acudir, mientras la atormentada adolescente se hunde en el abismo irremediablemente. Competidora en la sección Las Nuevas Olas del último Festival de Sevilla, la película crece según avanza su intenso metraje y lo que en principio parecía una exposición confusa de un drama en el tránsito hacia la madurez se convierte en un inteligente tratamiento de los graves problemas que asolan a la juventud del viejo continente. Por Javier G. Godoy

Yo la busco, de Sara Gutiérrez Galve (España, 2018)

Max y Emma, dos treintañeros que comparten piso, son el centro de una obra que se siente particularmente vacía desde un inicio (fácil de confundir con la falta de sentido y la vacuidad que atraviesa su temática), perdida en una presentación de personajes que resulta un tanto confusa. La película de la productora Nanouk Films parece muy preocupada en hacer deambular a su personaje protagonista (de casting bastante discutible) por la noche barcelonesa, rompiendo de golpe con el universo de la pareja que había introducido el film en su primera mitad y arriesgando a hacer una suerte de ¡Jo, qué noche! (After Hours, 1985), de estilo casero y en unos 45 minutos. El resultado es un improvisado paseo nocturno que acaba contagiándose a nivel cinematográfico de la propia insipidez que transmiten sus propios personajes, con diversas escenas que claman al cielo por la bochornosa ejecución actoral o la falta de sutileza narrativa entre otros elementos. Por Martí Soler Arce

No Intenso Agora, de João Moreira Salles (Brasil, 2017)

Uno de esos film-experiencia basados en un minimalismo hipnótico que engancha tras un primer visionado. Escrita, dirigida y narrada por el portugués Joâo Moreria Salles, el documental construye un complejo discurso político sobre el Mayo del 68 y sus contradicciones a partir de un gran archivo fílmico que incluye la China de Mao y su revolución cultural, la Francia de Charles de Gaulle y su revuelta estudiantil y obrera, la primavera intelectual de Praga o el golpe militar de Brasil. Particularmente interesantes (por más íntimas y complementarias) son las reflexiones sobre la situación del país asiático, de donde de hecho nace la obra, al ser su archivo visual y escrito verdadero found footage sobre el viaje de la madre del director. Quizás, a la obra del autor le falte tirar más en esa dirección pese a una aproximación formal exquisita (por sencilla y acertada) que conduce a un tramo final perfecto con el minuto más famoso de la historia del cine, donde se plasma conceptualmente esa famosa frase de Godard sobre el cine clásico y su deuda con las clases trabajadoras. Por Martí Soler Arce

Requiem por la Sra. J., de Bojan Vuletic (Rekvijem za gospodju J., Serbia, 2017)

Montada a base de silencios y acciones tremendistas de corte social (muy en la línea del cine balcánico) Requiem por la Sra. J. es una comedia negra que esconde un intenso drama con buenas intenciones. La señora J (interpretada magníficamente por Mirjana Karanovic, una habitual del cine de Kusturica) se quedó viuda hace un año, y su depresión no ha mejorado. Al contrario, tiene pensado quitarse de en medio con un suicidio que aún no tiene muy claro como ejecutar. Acuciada por las deudas y por su intención de dejar la vida más o menos encaminada a sus hijas y su suegra, tendrá que soportar un enemigo inesperado en su inmolación: la burocracia. Una historia un tanto manida, pero que se deja ver con interés. Por Javier Martín Corral