En el año 1964 Cassius Marcellus Clay aspiraba a convertirse en campeón del Mundo de los Pesos Pesados enfrentándose al temible Sonny Liston, del que se especulaba sobre sus vínculos con la mafia.

La mañana del combate, durante el pesaje, los dos púgiles se cruzaron, y Liston, una fuerza de la naturaleza y poco dado a la conversación, se acercó al oído de Clay y le dijo “te voy a matar”. El aspirante reconocería 40 años después en una entrevista que ese fue el único momento de su carrera en el que de verdad sintió miedo. Pero su reacción ante este sentimiento fue el de encarnar el ápodo que justamente se había ganado, el Bocazas: ¡Te pasas de feo! ¡Eres un oso! Te voy a comer vivo ¡Imbécil, imbécil, imbécil!”. Clay venció, se autoproclamó el más grande de todos los tiempos, y cambió su “nombre de esclavo” por Muhammad Ali, el amado de Dios.

Cuando éramos reyes (When we were kings, 1996) es una hagiografía del momento culminante de la carrera, que no la vida, de Muhammad Ali. Después de años de sanción por negarse a combatir en Vietnam, y cuando su imbatibilidad se había visto en entredicho en sus combates con Joe Frazier, Ali aterriza en Kinshasa, capital de la entonces Zaire, para luchar contra el nuevo campeón del Mundo, George Foreman.

Durante todo el documental los autores se esfuerzan en diferenciar la vida y obra del boxeador de Louisville, de lo que fue el acontecimiento en sí mismo, dándole entidad de protagonista en la película. Así podemos ver la pasión con que el pueblo zaireño recibe al aspirante (Ali Bomaye!) o las fobias que se crearon en torno al campeón, en una cuestión racial en la que Ali se movía como pez en el agua. La película se desarrolla en las voces de archivo de sus protagonistas, y las entrevistas contemporáneas a aquellos privilegiados que convivieron durante más de dos meses con los púgiles y sus entornos.

Por la pantalla desfila una pléyade de caracteres, en un retrato impagable de los años 70. Disfrutamos conociendo como Don King ascendió a base de cinismo y citas de Shakespeare desde algún suburbio de alguna ciudad estadounidense, hasta convertirse en el promotor más importante (y rico) de la historia del boxeo. Podemos tratar de entender qué mensaje pro derechos sociales nos está lanzando un puestísimo James Brown, deleitarnos con la majestuosa interpretación de “Sweet sixteen” a cargo de BB King, escuchar a un excitado Norman Mailer describir la pegada de esa fuerza de la naturaleza que era el joven George Foreman.

Muhammad Ali, George Foreman y Leon Gast (director del documental) posan con el Oscar conseguido en 1996

Muhammad Ali, George Foreman y Leon Gast (director del documental) posan con el Oscar conseguido en 1996

Pero por encima de todos esos momentos, está el show del auténtico protagonista de esta historia. Uno de los deportistas más influyentes e importantes de todos los tiempos, un derroche de autobombo y de ingenio, un hombre que luchó contra todo y contra todos y salió victorioso. Un bocazas, mujeriego, infiel, egocéntrico y talentoso Muhammad Ali en la cúspide de su físico y su intelecto. Un documento que resume muy bien varios aspectos indispensables del siglo XX: la lucha de los afroamericanos por sus derechos en USA, la deificación de los deportistas como referentes sociales y morales, la explotación del África negra, saqueada por sus propios dictadores, el auge artístico y mercantil de los nuevos gurús de la música negra… Todo esto en un montaje vibrante, rápido, cómico en muchos momentos y con un sentido de la narración perfecto para tenernos durante 90 minutos con la boca abierta.

Por J.M.C.
@Jatovader