Un tipo excéntrico y con dudosos comportamientos sociales siempre parece garantía de éxito para el cine. Y desde el principio así se nos presenta Wilson (2017) de Craig Johnson. No pude hacer otra cosa que recordar a personajes caracterizados por Jack Nicholson, Bill Murray o Woody Allen. Desgraciadamente, las comparaciones son odiosas. La rareza y el histrionismo son elementos geniales para el celuloide siempre que fluyan de manera auténtica y natural y en esta comedia con tintes dramáticos, sobran los esfuerzos por resultar divertida e inteligente.

Wilson (un atípico Woody Harrelson) se propone encontrar a su ex pareja (notable Laura Dern) tras la muerte de su padre. Así, descubre la existencia de una hija adolescente, que fue dada en adopción. Los intentos por acercarse a ella transformarán dramáticamente el devenir de los acontecimientos.

Evidentemente, no se trata de una comedia al uso, no es una pieza comercial cargada de tópicos aunque la mayoría de las veces resulta forzada en cuanto a guion y a la construcción del personaje. La primera parte de la película es una sucesión de gags que tratan de recordarnos en todo momento que debemos reír y asombrarnos ante unos diálogos rápidos y ocurrentes, que a menudo resultan manidos y casi infantiles. Harrelson nos puede resultar incluso pesado, no por falta de talento, sino por ese exceso de excentricidad constante, que solo consigue restar credibilidad al personaje. Acaba siendo una caricatura simplificada de algo que podría haber sido mucho más rico y complejo.

Por eso, se agradece el giro dramático que cambia por completo su destino. El film consigue ganar en profundidad e incluso sorprendernos y guiarnos hasta el final con la emoción como hilo conductor. Podría suceder que, al terminar la película es cuando se consiga conectar con el personaje, descubriendo su lado más tierno, real y con más matices.

Aún así, esta adaptación del cómic para adultos realizado por Daniel Clowes (que en un principio iba a ocuparse del guion y, quizás, lo hubiéramos agradecido), no consigue ser lo suficientemente mordaz, ni atrevida, ni tierna, ni original como para colmar las expectativas de sus seguidores. Aunque es cierto que la segunda parte consigue levantar ligeramente el vuelo, su humor, negro y corrosivo la mayoría de las veces, pierde eficiencia por su falta de frescura.

Lo mejor: el giro dramático a mitad de la película le aporta profundidad y emoción.

Lo peor: tanto el guion como el personaje protagonista resultan forzados la mayoría del tiempo.

Por Adriana Díaz