Si alguna palabra puede definir la obra de Todd Haynes es la de “heterogénea” y no únicamente por la variedad de perspectivas y géneros que el realizador ha explorado en “sólo” siete películas, dos documentales y dos series de televisión, sino por la contraposición de formas y estilos que ha utilizado en sus obras más destacadas: La exploración de la anorexia nerviosa de Karen Carpenter utilizando muñecas Barbie en su debut  Superstar: The Karen Carpenter Story (1987); su doble tratamiento acerca de la homosexualidad y el racismo latente mediante los mecanismos del melodradrama de Douglas Sirk en Lejos del Cielo (Far From Heaven, 2002) y Carol (2015); o la utilización de la narrativa fragmentada, caótica y en ocasiones desconcertante que supuso el retrato anti-biopic de una figura tan asimilada en el imaginario colectivo como la de Bob Dylan en la prodigiosa I’m Not There (2007). Esta contraposición entre forma y contenido ha hecho que el cine de Todd Haynes sea difícil de encasillar fuera de estas consideraciones, pero también ha provocado que su reconocimiento como autor sea incuestionable. Ahora bien, como la mayor parte del cine de autor, el cine de Haynes exige una serie de concesiones por parte del espectador que se enfrente a las tensiones presentes en el cine del realizador.

Al informarse sobre la propuesta de su última película Wonderstruck. El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017), se podría pensar que estas contraposiciones y tensiones se han disipado y que Haynes ha preferido darse un respiro, ya que el film parte de una novela gráfica de Brian Selznick (La invención de Hugo Cabret) en la que, a modo de relato infantil, se nos cuenta la historia de Ben y de Rose, dos niños de épocas distintas que emprenderán un viaje simétrico hacia Nueva York para encontrar a sus progenitores. Sin embargo, utilizando este material base, al igual que hizo Scorsese con La invención de Hugo (Hugo,2011), Haynes invita a una reflexión sobre los mecanismos del arte, el signo, el lenguaje, la historia y el cine y de cómo estas son capaces de moldear y definir algo tan complicado como la identidad. Haynes no solo lo hace desde el texto, sino que utilizando la forma, moldea con extremo cuidado dos narraciones paralelas en las que se funden y se contraponen las perspectivas del Nueva York de los años 20  y el de los 70. Y esa tensión, fruto de la confrontación, toma forma de una manera superficial en esta yuxtaposición de los dos relatos en los que los elementos del cine mudo de los años 20 y el ritmo palpitante de los 70 mantienen la atención del espectador durante una primera hora casi impecable.

Ahora bien, las concesiones que antes mencionaba solo se dan superficialmente durante una primera hora en que la forma prevalece, pues es en su segunda mitad cuando una narrativa defectuosa se añade como elemento disruptivo en la película. La octava película de Haynes no puede ni pretende huir de su condición de relato infantil y aquí es donde la propuesta comienza a fracturarse en un seguido de casualidades, obviedades y subrayados de información que piden a gritos una concesión detrás de otra por parte del espectador, señalando una y otra vez que lo que estamos viendo no es más que un cuento. Para cuando la película se resuelve en una filigrana formal en forma de maqueta, los impactos emocionales han dejado de importar, al ver que todo lo que Haynes había hilvanado tan bien durante su primera mitad se ha ido destruyendo. La película sigue pidiendo más y más esfuerzo a un espectador exasperado que al ver todo con perspectiva comprende que, quizá, aquello de lo que tanto había disfrutado no era más que un diorama.

Haynes ha propuesto con Wonderstruck un ejercicio sobre la construcción de los relatos, de las historias, del lenguaje, de la nostalgia y del papel que juega el recuerdo en nuestras vidas. Eso sí, a costa de una corrección narrativa. Por ello, limita el impacto emocional que el relato pueda provocar, poniendo al espectador contra las cuerdas y obligándolo a decidir si esa es una concesión que está dispuesto a dar.

Lo mejor: Las dos identidades de Nueva York durante el divagar de los protagonistas.

Lo peor: Que la película pida demasiadas concesiones ante una narrativa cuestionable.

Daniel Belenguer
@DeathSumer