Uno de los mayores aciertos de Netflix siempre será el apostar por la generación de productos pensados por y para el consumo televisivo capaces de fidelizar sus cuotas de espectadores –que suman ya una holgada ventaja sobre sus competidores-, lo cual podría solventar a su vez ciertas cuestiones intrusivas que acarrean conflictos en la distribución de algunas películas. Y es que, a pesar de todo, nos vemos incitados a reconocer que esta plataforma sabe hacer muchas cosas bien, siendo de agradecer que entre tanta serie haya sabido encontrar espacio para títulos documentales de gran calidad acercando su perspectiva a la historia, la cultura popular, la ciencia o los conflictos sociales, distribuyendo piezas realmente interesantes con composiciones narrativas de lo más variopintas; desde ensayos sobre el capitalismo hasta la investigación del cosmos, pasando por horas de cultura musical, largos procesos judiciales o ratos de intimidad intelectual con artistas consagrados.

Los buenos resultados (traducidos siempre a números) les permiten añadir a la partida creaciones con cierto punto de vanguardia, o estilo libre, donde aparecen composiciones como Wormwood (2017), convertida automáticamente en una jugada maestra de más de cuatro horas planteada en seis movimientos orquestados de manera milimétrica por Errol Morris, veterano en el campo de batalla del documental donde ganó su respeto internacional gracias a The Thin Blue Line (1988). Morris retoma en esta ocasión el planteamiento utilizado en su obra culmen y decide construir su narrativa ilustrando la historia con una dramatización perfectamente sincronizada con los hechos relatados, aunque puntualmente asíncrona en cuanto a su fácil deleite por la divagación. Su obra es abordada desde una introducción tan desconcertante como el propio título y punto de inmersión absoluto hacia las profundidades de la verdad, la memoria y el tiempo; principales instrumentos de solidez en este video-collage que intenta desmoronar las últimas décadas de gestión –ocultismo, y mentiras- entorno a ciertos temas en la presidencia norteamericana confirmando el empeño de un hijo que nunca creyó que su padre “saltara o cayera” por la ventana de aquel hotel de Nueva York en 1953, como indicaba el informe inicial de la CIA.

Eric era tan sólo un niño el día del fallecimiento de su padre, el científico militar Frank Olson, lo cual produjo en él un impulso de rechazo vehemente que, de forma inconsciente, le llevó a dedicar su vida a resolver los detalles que rodeaban un evento tan funesto, en busca de una verdad que le permita hacer las paces con su pasado, pero también consigo mismo por haber dedicado su tiempo a abrir una caja de Pandora que le llevó a enfrentarse al gobierno del país más poderoso y su agencia secreta. Todas las elucubraciones, idas y venidas, y continuos encontronazos con el gobierno que Eric relata son el nutriente perfecto para hacer brotar el drama en el cual la ausencia clara de patrón o progresión lineal resulta encauzar una táctica de montaje tan brillante como excitante.

El desarrollo de las entrevistas logra confluir todos los nexos de información desorganizada que Eric ha guardado durante décadas para llegar hasta la última pieza (¿o quizás aún haya más?) de esta muñeca rusa que parece cifrada en códigos militares de la Guerra Fría, pero no sin antes pasar por una experimentación formal y visual que activa al espectador invitando al debate y la confabulación. En la estética encontramos siempre tonalidades muy definidas, sorprendiendo el formato, enfoque y montaje de ambos ámbitos; entrevistas y dramatización. En el primero la cámara deja de ser el habitual plano contra plano del género documental para desarrollar un contexto y sostener nuevas posturas, reflexiones o pretensiones desde el collage, la simetría y multiplicación de imágenes, buscando desorientar a la vez que crear cierta analogía con el trabajo artístico de Eric. En el segundo, el plano de la ficción, Peter Sarsgaard encuadra su actuación como Frank con solvencia en una representación minimalista y melancólica, incluso onírica, que acerca el drama a un género noir con ciertos momentos de colocón de LSD donde la psicodelia endulza las expectativas de misterio.

© Fourth Floor Productions / Moxie Pictures

En la simbiosis de ambos planos descubrimos también es un retrato de obsesión, vergüenza y miedo del gobierno estadounidense que llevó a la agencia de inteligencia cometer actos atroces de los que aún no se conocen todos los detalles, pero que hacen ahora las delicias de los amantes del mundo de ocultismo gubernamental. Década tras década se han descubierto verdades a medias que parcheaban escándalos pero seguían encubriendo casos como éste donde se revela no sólo la utilización de LSD en civiles como parte de experimentos, si no la liquidación de cualquier persona que pudiera desviar su atención de las directrices correctas.

Aunque en el relato encontremos paralelismos con Hamlet utilizados recurrentemente -apareciendo incluso imágenes de la adaptación cinematográfica dirigida por Laurence Oliver en 1948-, Eric se acerca más en esencia a la locura de un hidalgo luchando contra gigantes de traje y corbata, conspiraciones, paranoias y el propio paso del tiempo ejerciendo como verdugo de la memoria. Y es precisamente en esta demencia de conspiraciones, obsesiones, distracciones y mentiras donde Morris triunfa como director sustentando el relato prolongado durante décadas sobre el esfuerzo de un hijo obsesionado por desmantelar de todas las artimañas inventadas por la agencia secreta para convencer de que aquel hombre “se tiró o se cayó” desde la ventana de un hotel; ¿quién podía pensar que el gobierno estuviera experimentando sobre civiles sin consentimiento y justificando sus actos con la Guerra Fría? Eso sólo lo hacen los comunistas…

Por Carlos Durango