Algunos directores pausan sus incursiones en el largo para emplear las energías en otras disciplinas o esperar sabáticamente la aparición de nuevas ideas. En realidad, estas paradas, que a veces suponen años, resultan una declaración de intenciones sobre la concepción propia de su trabajo en el cine. Aunque se ha hecho esperar, Lucrecia Martel, realizadora argentina y responsable de La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), ha optado por el más contundente de los regresos con Zama (2017), donde vuelve a establecer un genuino diálogo con el espectador. Precisamente, estas conversaciones público-cineasta son, quizá, la razón del largo período que transcurre entre sus trabajos, pues, como para muchos otros, la necesidad de comunicarse podría ser directamente proporcional a la inspiración artística. Todo apunta a que a Martel no le sirven las prisas de la industria, reglas por las que no quiere regirse y sobre las que impone -o se autoimpone- una paciencia infinita esperando que su siguiente disparo atraviese el centro de la diana.

La novela Zama de Antonio di Benedetto, que la directora leía durante unas travesías en barco, supone ese esperado arrebato, el impulso en forma de relato que la argentina, de 51 años, necesitaba para darle vida a su nuevo proyecto. Así, las desventuras del funcionario americano Diego de Zama, el personaje protagonista por el que se adivina el enamoramiento, primero literario y cinematográfico después, de la propia Martel, daban el pistoletazo de salida a un rodaje delicado y complejo -por el presupuesto, por ser de época, por no ser en inglés y por la vuelta a un pasado susceptible para los de su tierra- que, una vez expuesto, se ha convertido en uno de los trabajos latinoamericanos más importantes del año. De esta forma, la Paraguay colonial es el contexto espacio-temporal donde se desarrolla una historia personal sobre la maldita suerte de un hombre atrapado, incapaz de traicionar sus principios y deberes con la corona española, pero inmerso en un proceso arriesgado e inconscientemente destructivo al buscar una libertad que le devuelva la identidad perdida. Durante su estancia en un lugar al que cree no pertenecer, el oficial Zama aguarda un nuevo destino y con ello la recuperación de una grandeza pasada, padecimiento -y lucha por la permanencia- que la realizadora expone con un estilo sobrio y aséptico, sus potentes señas de identidad.

A través de esa larga espera, donde las cartas no llegan, ni el reconocimiento, tampoco el ansiado traslado a Buenos Aires, las idas y venidas del oficial Don Diego son la excusa que ha encontrado Lucrecia Martel para imponer su sello autoral mediante una narrativa casi propia, madura y contundente. Zama es un film de belleza asalvajada y sudorosa que transcurre a plena luz del día y que se vale de parcos diálogos, el minimalismo escenográfico -que demuestra la innecesaria pomposidad de producciones que buscan objetivos similares- o la claustrofóbica atmósfera en la que se desarrolla, para resultar un islote creativo en el siempre incierto cine de época. La película huele a desgracia y desesperanza, a tierra y a mar, a pasado, presente y futuro, y ésta se siente capaz de obnubilar a aquel espectador que haya aceptado el desafío, quizá el más importante de la carrera de la cineasta. Arriesgada y provocadora en sus formas, Zama es un funambulista experimentado sobre una cuerda floja bajo la que no se encuentra red, pues Martel, que no hace ni el más mínimo esfuerzo por dar explicaciones ni subrayar gestos ni motivos, se muestra segura y en nada complaciente.

En este punto, el público deberá elegir entre entregarse a la experiencia o mirar hacia otro lado para caer en el vacío de un probable aburrimiento, mientras que si la opción es lanzarse a la aventura y acompañar a Don Diego de Zama -inmenso Daniel Giménez Cacho-, no hay duda de que este affaire con “otros cines” resultará desconcertante y apasionado, tanto como para no olvidarlo. Al contrario que algunos, Martel es descarada en su intención de no querer depender de la emoción del espectador, distancia empática que siempre ha marcado su manera de narrar y que, paradójicamente, deja un importante poso a pesar de la estéril frialdad de su lenguaje, el verbo de la directora más singular del panorama iberoamericano.

Lo mejor: El sello Martel: reconocible, áspero, único.

Lo peor: Su marcado lenguaje narrativo puede no conectar con cierto sector del público.

Por Javier G. Godoy
@blogredrum